Sirva esto de comienzo de mi blog. Lo dejo aquí porque me sirve y porque es posible que sirva a otros que vengan más adelante o detrás. Nunca se sabe.
Quizá, como tantas cosas, esto comenzó sin darme cuenta en la pandemia. Hubo muchos acontecimientos personales y comencé a querer abrir los ojos. Poco a poco fue despertando en mí un pensamiento crítico y unas ganas de cambiar cosas. El dónde y el cuándo no fueron determinantes.
Me embargaban unas ganas locas de cambio. Sentía un vacío del que apenas era consciente. Cuando la inconsciencia comienza a llevarte, suena un runrún en tu interior, como suena la tripa cuando sientes hambre. En España ha habido de todo en este tiempo, pero, sobre todo, ha habido cambios. Se hizo más presente que nunca el desarraigo que, desde la ciudad, muchas veces le hacíamos al campo. Aparecieron conspiranoicos por todas las esquinas y, frente a ellos, otros que sostenían que estaban locos.
Quiero dejar claro desde el principio que soy apolítico y aconfesional. Por supuesto que tengo mi opinión, forjada al paso de los años, e incluso mi trocito de fe, que muchas veces me sostiene. Pero ni apoyo públicamente ni quiero hundir ninguna idea, creencia ni causa. Todo ser humano merece respeto, y también todas las creencias e ideas que ayudan. Por eso, desde el respeto, pido lo mismo. Quien quiera entender, que entienda…

Dosis de realidad
Los precios no paran de subir. La vivienda, la comida, los servicios… algunos, casi de forma exponencial. Los agricultores se manifiestan por las calles de las ciudades con sus tractores porque el campo empieza a no ser rentable. En cada salida al campo veo la naturaleza más degradada, más masificada y rodeada de multitud de conductas erróneas. La vida en la ciudad empieza a resultarme absurda. Sí, perdónenme los de las ciudades, porque yo llevaba toda la vida en una de ellas. No estoy dispuesto a pasarme 45 años trabajando para disfrutar de una jubilación de… ¿20 años?, y seguir yendo a comprar al mismo sitio, comiendo lo mismo y volviendo a dormir.
No sé por qué veía en la tele programas como Españoles por el mundo y otros del estilo. Vamos, que parecía que todo el mundo andaba por ahí con trabajos estupendos y unas condiciones de vida inigualables. Supongo que algunos tienen suerte, otros se la labran y muchos enseñan su mejor escaparate cuando llega la televisión. He viajado bastante fuera de España y, creedme, hay lugares idílicos, pero todavía no conozco ninguno donde no haya un problema. Cada vez que vuelvo de fuera pienso lo buena que es nuestra tierra y, sin embargo, aquí siempre andamos quejándonos de todo.
Es posible que pasara mucho tiempo viendo cómo unos granjeros de Alaska ayudaban en ranchos de Estados Unidos donde algunas familias se “desconectaban del sistema”. Y otros programas de nuestra tele, como los de Calleja o Ruralitas, sacan lo mejor de los pueblos y los presentan con esa cara amable de la gente de paz. Resiliencia: esa es la palabra mágica. En todos ellos veo empeño por salir adelante, por buscar la felicidad de otra manera y, lo mejor, muchos lo consiguen.
Con todo eso, la mente dice: «Necesito un cambio», y, ¡zas!, me llegó. Así de inexplicable y de sencillo.